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Exposición vocacional

19 diciembre, 2016 • Semana Vocacional Marista

Cartel Expo Vocacional - VerticalRealiza el recorrido de la exposición y en cada uno de los talleres lee los textos que corresponden y realiza la reflexión indicada. ¡Qué aproveche!

TALLER 1: ¿A QUÉ SABE LA VIDA? (GUSTO)

Ambiente hogareño, familiar y de trabajo en la casa de los Champagnat en Le Rosey (Marlhes).

A lo largo del período revolucionario, el padre de Marcelino desempeñó varias funciones importantes de gobierno en la localidad de Marlhes, distinguiéndose por su moderación, paciencia y tacto político. Cabría preguntarse: siendo así el padre, ¿qué dones personales heredaría su hijo? El discernimiento, la compasión hacia los demás, diplomacia, pericia para administrar los bienes, la habilidad práctica de un trabajador.

¿Y qué decir de las mujeres que influyeron en Marcelino? María Teresa Chirat, su madre, fue la primera. Persona prudente y de temple decidido, se casó con Juan Bautista en 1775. Caracterizada por “una total integridad, fe inquebrantable y amor al trabajo”, esta mujer inició a su hijo en las prácticas de oración y encendió en él la primera llama de vocación.

Luisa Champagnat fue la segunda mujer que tuvo parte en la educación de Marcelino. Religiosa de las Hermanas de San José, y hermana a su vez de Juan Bautista, fue exclaustrada del convento por el nuevo gobierno, y se mantuvo fiel a su vida de consagrada en el seno de la familia durante el período en que arreció la agitación revolucionaria. Luisa se hizo cargo de la formación religiosa del niño; probablemente fue ella la primera que le inspiró el modelo de espiritualidad en el que la vida de oración se funde con la actitud de servicio a los demás.

Encuentro con el Joven Montagne.

El 28 de octubre de 1816, ocurrió un suceso que movió definitivamente a Marcelino a poner en marcha su proyecto. Le llamaron para que fuera al caserío de un carpintero de Les Palais, pequeño núcleo situado más allá del Bessat. Allí un joven de diecisiete años se estaba muriendo. El muchacho ignoraba por completo las verdades de la fe. Marcelino le enseñó, le escuchó en confesión y le preparó a bien morir. Luego salió para visitar a otro enfermo de las cercanías. Cuando volvió al caserío de Montagne, le dijeron que Juan Bautista ya había muerto.

Este encuentro transformó a Marcelino. El desconocimiento que el muchacho tenía sobre Jesús le convenció de que Dios le llamaba a fundar una congregación de hermanos que evangelizaran a los jóvenes, en especial a los más desatendidos.

REFLEXIÓN

La vida va a estar llena de todo tipo de momentos. Disfruta de los buenos y vívelos con agradecimiento. Aprende de los malos.

Enumera alguno de esos momentos…

 

TALLER 2: SUBE EL VOLUMEN DE DIOS (OÍDO)

La llamada al sacerdocio

La carencia de sacerdotes es evidente. Urge fomentar vocaciones y fundar seminarios. Un eclesiástico quiere reclutar alumnos para el seminario. El párroco lo orienta a la familia Champagnat. Juan Bautista no sale de su asombro al conocer los motivos de la visita: “Mis hijos no han manifestado jamás deseo de ir al seminario”. Contrariamente a sus hermanos, que rehusan la invitación, Marcelino se muestra dudoso. El sacerdote lo examina de cerca y le encantan su ingenuidad, modestia, y carácter abierto y franco: “Hijo, tienes que estudiar y hacerte sacerdote. ¡Dios lo quiere!”. Marcelino decide ir al seminario. Su opción nunca será revocada.

Su vida toma otro rumbo. Sus proyectos, vinculados al comercio y a los negocios, se van abajo. La determinación de ir al seminario exige otros requisitos: aprender latín además de leer y escribir francés. Su lengua materna y habitual es una variante del occitano: el franco-provenzal. Sus padres, atisbando las dificultades, pretenden disuadirlo. Todo es inútil. El objetivo está claro: ser sacerdote.

Juan Bautista, su padre, muere repentinamente. Marcelino tiene 15 años. Se dedica de nuevo a los estudios. Recuperar a esa edad el tiempo perdido constituye una empresa de titanes. Acude a la escuela de Benito Arnaud, su cuñado. Pese al esfuerzo de ambos, los progresos resultan escasos. Pretende hacerle desistir. En la misma línea va el informe que da a la madre de Marcelino. A pesar de las dificultades, él se afianza en su vocación. Reza frecuentemente a san Francisco Regis y peregrina con su madre al santuario mariano de La Louvesc. La decisión es irrevocable: “Quiero ir al seminario. Saldré airoso en mi empeño, puesto que Dios me llama”.

La llamada de los jóvenes

Después de preparar adecuadamente a los hermanos, funda una escuela en Marlhes. El hermano Luis es su primer director. Pese a su juventud e inexperiencia, el resultado obtenido al poco tiempo se hace patente a los ojos de todos. Detrás de unas técnicas elementales, se alimenta todo un estilo educativo, proporcionado por Marcelino: compartir la vida de los jóvenes, amarlos y conducirlos a Jesús bajo la protección maternal de María.

Los hermanos maristas heredarán su espiritualidad mariana y su estilo pedagógico, la sencillez de trato y su dinamismo apostólico a favor de los niños y jóvenes, especialmente los más desatendidos.

Marcelino despierta en los hermanos actitudes educativas. Frente a la seriedad, sugerida como primera virtud de un educador en otras congregaciones de enseñanza, Marcelino propone la sencillez y la bondad, la autenticidad y la apertura. Insiste también en el espíritu de familia, en la benevolencia, en la devoción a María, expresada más en actos que en palabras, en el trato bondadoso a los alumnos, en el espíritu de trabajo y en el ideal de educación religiosa muy profunda que debe subrayar la relación con Dios en la confianza. Estas cualidades configuran un talante educativo peculiar.

Dice con frecuencia: “No puedo ver a un niño sin que me asalte el deseo de enseñarle el catecismo y decirle cuánto lo ama Jesucristo”. Experimenta la necesidad de educar la fe a través de la cultura: “Si tan sólo se tratase de enseñar la ciencia profana a los niños, no harían falta los hermanos; bastarían los maestros para esa labor. Si sólo pretendiéramos darles instrucción religiosa, nos limitaríamos a ser simples catequistas, reuniéndolos una hora diaria para hacerles recitar la doctrina. Pero nuestra meta es muy superior: queremos educarlos, es decir, darles a conocer sus deberes, enseñarles a cumplirlos, infundirles espíritu, sentimientos y hábitos religiosos, y hacerles adquirir las virtudes de un buen cristiano. No lo podemos conseguir sin ser pedagogos, sin vivir con los niños, sin que ellos están mucho tiempo con nosotros”. Todo ello constituye un proyecto de educación integral desde una óptica cristiana.

 

REFLEXIÓN

¿Qué escuchas en tu interior?  ¿Qué llamada sientes?

¿Pinta algo Dios en lo que escuchas?

¿Escuchas la voz de Dios a través de los acontecimientos?

 

TALLER 3: NO PUEDO VER A UN NIÑO SIN DECIRLE CUÁNTO LE AMA DIOS (VISTA)

Promesa de Fourviere

El día 22 de julio de 1816, Marcelino es ordenado de sacerdote junto con muchos de sus compañeros de seminario y de proyecto fundacional. Doce de los cuales, Marcelino entre ellos, suben en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Fourvière para colocarse bajo la protección de María. Después de la misa, Juan Claudio Courveille lee un texto de consagración que puede considerarse como el primer acto oficial, si bien de carácter privado, de la Sociedad de María. Puede decirse que se trata de su fecha de fundación. Las tareas pastorales los dispersarán por la inmensa diócesis de Lyon.

Este día, Marcelino realiza una promesa, se compromete con una misión clara, la de educar a niños y jóvenes, la de educar evangelizando. Esa era su visión, su misión.

 

 

 

Acordaos

En febrero de 1823 Marcelino supo que el hermano Juan Bautista, destinado en Bourg-Argental, había enfermado de gravedad. Preocupado por su estado, se puso en camino hacia allá, recorriendo a pie los veinte kilómetros que le separaban del lugar a través de un terreno áspero. Le acompañaba el hermano Estanislao.

Al hacer el viaje de vuelta, y cuando caminaban por una zona de bosques, se vieron atrapados en medio de un fuerte temporal de nieve. Los dos eran jóvenes y resistentes, pero después de haber caminado errantes durante horas cayeron exhaustos. El hermano Estanislao, desfallecido, ya no podía caminar. Se echó la noche. La posibilidad de morir allí aumentaba a cada hora. Ambos se encomendaron a María para pedir ayuda y rezaron el Acordaos.

Poco más tarde, divisaron la luz de un farol no lejos de donde ellos estaban. Un granjero de la vecindad, el señor Donnet, había salido de la casa para dirigirse al establo. Habitualmente solía hacerlo por una puerta interior que comunicaba la vivienda con la cuadra. Por alguna razón que sólo podría explicarse desde la fe, esa noche, contra su costumbre y a pesar de la borrasca, cogió una linterna y salió por el exterior de la casa. Hasta el fin de sus días recordaría Marcelino este suceso, atribuyendo aquella ayuda a la mano de la Providencia. Y entre nosotros ha quedado el recuerdo con la alusión del Acordaos en la nieve.

Hermanos misioneros

Desde el principio Marcelino tenía claro que no ponía límites al nuevo proyecto. Poco a poco se fueron creando escuelas en la región atendidas por diferentes hermanos. De hecho, la petición de escuelas era mayor que la disponibilidad de hermanos aunque la disponibilidad de estos era siempre enorme.

Hacia febrero de 1822, la congregación estaba formada por diez hermanos. Sus dones personales eran diversos, y no todos estaban hechos para la clase. Algunos tenían habilidades manuales que producían ganancias, harto necesarias para el sostenimiento de la comunidad, o estaban más capacitados para la administración interna. Por ejemplo, uno de los postulantes era consumado tejedor. Su trabajo reemplazó pronto al de la manufactura de clavos como medio de mantener a los hermanos.

Marcelino envía hermanos a Oceanía, muriéndose de ganas de ir con ellos porque siente un profundo espíritu misionero. Pero debe viajar a París para obtener la legalización del Instituto. Su vida espiritual alcanza un grado relevante: “Me hallo tan unido a Dios en las calles de París como en los bosques del Hermitage”. Frente a las dificultades de la autorización legal, reacciona así en una carta: “Tengo siempre una gran confianza en Jesús y en María. Obtendremos nuestro objetivo, no lo dudo, pero solamente desconozco el momento… No olvide decir a todos los hermanos, cuánto los amo, cuánto sufro por estar lejos de ellos…”.

 

REFLEXIÓN

¿Eres capaz de mirar la realidad de frente?

¿Qué necesidades descubres a tu alrededor?

¿Te llevan a hacer algo como a Marcelino?

 

TALLER 4: A PICO Y PALA (TACTO)

Construcción del Hermitage

Hacia 1824 la congregación de Marcelino había crecido de tal manera que necesitaba la ayuda de otro sacerdote. El 12 de mayo el Consejo arzobispal decidió enviarle al padre Courveille.

La incorporación del sacerdote permitió a Marcelino disponer de más tiempo para dedicarse a un proyecto que llevaba largo tiempo madurando: la construcción de un edificio con amplitud suficiente para albergar al cada vez más numeroso grupo de hermanos. Adquirió un terreno de cinco acres en un lugar recogido del valle del río Gier. Estaba flanqueado por abruptos declives de montaña por el este y el oeste, tenía un bosque de robles y disponía de riego abundante con el agua del río. A finales de mayo el vicario general Cholleton bendecía la primera piedra. La construcción comenzaba poco después.

Marcelino y sus jóvenes hermanos trabajaron de firme durante los meses de verano y el comienzo del otoño de 1824. Cortaban la piedra y la transportaban a la obra, sacaban arena, hacían el mortero y ayudaban a los albañiles profesionales que habían sido contratados para el trabajo de especialistas. Estaban alojados en una vieja casa alquilada, y se reunían para la misa ante un cobertizo del robledal. Este lugar fue denominado La capilla del bosque. Un arcón hacía de altar. La comunidad se congregaba a orar al toque de una campana que estaba colgada de una rama. Allí se derrochaba entusiasmo: los jóvenes se ayudaban unos a otros. Y se sentían orgullosos de su trabajo.

A lo largo del período de construcción de aquella casa de cinco plantas, el fundador fue un ejemplo constante para sus hermanos. Era el primero que acudía al tajo al comenzar el día y el último que lo dejaba al finalizar la jornada. Pero si los hermanos apreciaban el esfuerzo de Marcelino, había algunos clérigos que demostraban menos entusiasmo. No veían con buenos ojos la imagen de un sacerdote que llevaba la sotana manchada de cal y que tenía las manos rugosas por el trabajo manual. En cambio sus parroquianos estaban a favor de él. Aquellas gentes sencillas y laboriosas apreciaban su celo por las almas y le admiraban también como trabajador y constructor.

El nuevo edificio estuvo en condiciones de ser habitado para el final del invierno de 1825. Y en mayo de ese año los hermanos de La Valla se trasladaron a vivir a Nuestra Señora del Hermitage. Marcelino tenía ya una casa madre para su Instituto.

 

Dificultades

Aunque Marcelino era un cuidadoso administrador de los bienes, el dinero vino a ser un problema permanente para la pequeña comunidad. El trabajo manual, característico entre los hermanos, contribuía a recortar los gastos. Los ingresos obtenidos con la manufactura de clavos, el modesto sueldo de cura de Marcelino y las donaciones de algunos parroquianos, ayudaban a la comunidad a mantener la cabeza financiera fuera del agua.

  • El hermano Lorenzo, seguidor temprano y fiel del fundador, describía las circunstancias materiales de la primera comunidad con estas palabras: “Éramos muy pobres en los comienzos. Comíamos un pan que tenía aspecto de tierra, pero nunca nos faltó lo necesario”. A pesar de la austeridad, el espíritu de generosidad y el buen humor que caracterizaba a aquel grupo de jóvenes no declinó en ningún momento.
  • Marcelino estaba preocupado. La fuente de las vocaciones parecía haberse secado. Llegó a preguntarse si el Instituto y su misión tenían futuro. Como de costumbre se encomendó a la Virgen María y le trasladó el problema: “Ésta es tu obra; si quieres que florezca, tendrás que darnos los medios para que así sea”.
  • El vicario general decidió estrechar el cerco en torno a Marcelino. En agosto de 1823, en la clausura del retiro espiritual de los sacerdotes, Bochard amenazó, con cerrar la casa de los hermanos se imponer sanciones canónicas al coadjutor, incluyendo el cambio de destino, a menos que aceptase la fusión de su congregación con su propio grupo. El coadjutor empezó a moverse de inmediato, reuniéndose con sus amigos de la curia. Ellos le animaron a mantenerse firme.

El vicario empleó métodos drásticos para doblegar la resistencia de Marcelino. El padre Dervieux, párroco de la vecina ciudad de Saint-Chamond, instigado por Bochard, arremetió contra Marcelino arguyendo que sus jóvenes discípulos iban a quedar abandonados a su suerte si la casa se cerraba.

El párroco Rebod tampoco se perdió la ocasión y trató de humillar en público a su coadjutor una vez más. Él mismo se ofreció personalmente para hacerse cargo de los hermanos, o para conseguir que los admitieran en otras congregaciones si se desentendían de su fundador. Sin embargo, lo peor aún no había llegado. El sacerdote Jean-Louis Duplay, que había venido siendo su director espiritual hasta entonces, influido por informaciones sesgadas, se negó a seguir orientándole.

¿Cuál fue la reacción de Marcelino ante tanta contrariedad? Al principio tuvo sus dudas e incluso llegó a plantearse la posibilidad de marcharse a las misiones de América. Pensaba que podría llevarse a sus hermanos con él allende el Atlántico. Les preguntó qué opinaban ellos. ¿La respuesta?: que ellos se irían con él donde quisiera.

La estrategia del coadjutor empezó con un retiro de ayuno y oración que duró nueve días. Luego peregrinó nuevamente a La Louvesc, a la tumba de su santo favorito, Juan Francisco Regis.

Y después siguió fundando escuelas. En 1823 se abrieron tres. También le reconfortaba el hecho de verse apoyado por miembros relevantes de la curia diocesana y numerosos compañeros sacerdotes. De todos modos, poco tiempo más tarde el viento iba a soplar a favor, a causa de un suceso totalmente inesperado.

REFLEXIÓN

¿Qué dificultades tienes? No las rechaces…

¿Puedes darle la vuelta y obtener ventajas?

 

TALLER 5: SENTID COMO SE AMAN (OLFATO)

Comunidad marista

Dos meses después los arreglos de la casa estaban terminados. Aquellos primeros discípulos se fueron a vivir allí el día 2 de enero de 1817. Desde entonces y hasta hoy, la casita de Bonner ha sido considerada entre los hermanos Maristas como la “cuna” del Instituto, y el día 2 de enero de 1817, como la fecha fundacional de los Hermanitos de María. Sus miembros habían de abrazar una espiritualidad caracterizada por la experiencia de la presencia de Dios, la confianza en la protección de la Virgen María y la práctica de las “pequeñas” virtudes de humildad y sencillez.

A partir de entonces Granjon y Audras compartieron la vida en la casa. Marcelino les enseñaba a leer y les formaba en las habilidades que tendrían que mostrar para educar a los niños. También les fue formando en la oración les enseñó a fabricar clavos para colaborar, con su venta, en el sostenimiento de la comunidad.

Los dos jóvenes aspirantes asistían al coadjutor en las tareas pastorales. Visitaban y ayudaban a los ancianos de los caseríos, recogían leña para los necesitados y les llevaban comida con regularidad.

La vida comunitaria se desarrollaba al mismo tiempo que lo hacía la escuela de La Valla. A instancias de Marcelino los hermanos eligieron un superior, recayendo esa función en Juan María Granjon, que era el mayor de entre ellos. Se elaboró un reglamento diario, que comenzaba a las cinco de la mañana. A esa hora se levantaban para tener juntos un rato de oración. Ellos mismos se preparaban la comida, siguiendo riguroso turno uno por uno. De todos modos, es probable que los jóvenes discípulos de Marcelino no llegaran jamás a las altas cumbres del arte culinario, ya que la dieta se circunscribía a un ciclo bastante repetido de sopa, legumbres y queso.

Un buen día, el coadjutor también se mudó de la casa parroquial para irse a vivir con sus hermanos. Este paso constituye otro momento decisivo en el itinerario espiritual de Marcelino. Con la mirada de la fe podemos entrever que el sacerdote no dudaba, una vez más, en abrazar la misión a la que Dios le llamaba

Aunque el párroco Rebod le dio permiso para efectuar el cambio, no dejó de advertirle que se iba a cansar pronto de vivir en aquellas condiciones de pobreza. A los hermanos les llenó de alegría ver entre ellos al fundador, trabajando y rezando con ellos, compartiendo el mismo alimento, organizando las cosas y ayudándoles en su formación pedagógica. No sabemos si el espíritu de igualdad y fraternidad había hundido sus raíces en la Francia del siglo XIX, pero lo cierto es que sí que estaba entretejiendo ya la hermosa tapicería que constituiría, con el tiempo, el distintivo y característica del estilo de vida de los Hermanitos de María.

 

Hermano Silvestre

Jean-Félix Tamet, nace el 12 de enero de 1819, en Saint Etienne (Loira), en el barrio de Valbenoîte.

Entra en el noviciado de Nuestra Señora del Hermitage el 12 de marzo de 1831 y toma el hábito el 15 de agosto del mismo año, con el nombre de Sylvestre. Primeros votos el 8 de septiembre de 1832, por tres meses. Los renueva el 11 de mayo de 1833 por seis meses. Su carácter travieso y su juventud explican la cautela del Fundador. En 1836, emite los votos por tres años y hace profesión perpetua el 13 de septiembre de 1843, tiene 24 años.

1833: es cocinero en Ampuis durante dos meses.

1835: da clase en Marlhes, luego en Vienne y La Côte Saint André.

1840: tentado con abandonar su vocación, escribe al Padre Champagnat; éste le contesta por medio del hermano Luis María que venga a encontrarlo en el Hermitage. Llega el viernes 5 de junio de 1840, hacia el mediodía. El Padre está muy mal: lo acoge sin poder pronunciar una palabra. El hermano Sylvestre tiene que regresar en seguida a La Côte Saint André. Al despedirse, el hermano Luis María le declara: “El Padre Superior, en su lecho de muerte, me ha dicho que le diga que le creía perfectamente en su vocación”. El hermano Francisco le confirmará más tarde las palabras del Padre y Sylvestre quedará firme en su vocación.

1843: en agosto, el hermano Luis María le escribe que venga pronto al Hermitage para dar clase a los hermanos que preparan el Brevet en La Grange-Payre, cuyo internado se había cerrado.

Sylvestre se encuentra luego en Saint Genis-Laval, como director de la “Spéciale”. El hermano Avit escribe: “Aquel año (1881), los ancianos de la casa-madre celebraron las bodas de oro del hermano Sylvestre con un pequeño “extra” en la comida. Sin más…”  Siempre según Avit, “era fumador empedernido… olía a tabaco a diez metros… Fue un profesor celoso durante toda su vida, pero su método hubiera podido ser más práctico, más al alcance de sus alumnos. Le gustaba sobre todo dar catequesis y logró hacerla hasta el fin.”  (Cf. Lettres, Répertoire, p. 478)

Muere en Saint Genis-Laval, el 16 de diciembre de 1887, con 68 años de edad y 56 de comunidad.

 

Alegría: “…El exterior imponente del venerado Padre no le impedía ser alegre… Durante los recreos, siempre tenía algunos chistes para alegrarnos; más aún, nos enseñaba juegos inocentes muy agradables…” (p. 17)

Oración: “…Recuerdo que, en la sala donde se hacía, no había bancos, ni sillas, ni reclinatorios. Rodeábamos todos al reverendo Padre, quien por su piedad, su fervor, su mantenimiento grave y recogido, y a veces por su palabra animada excitaba a la devoción a los más tibios, mantenía despiertos a los que la tentación del sueño hubiera podido sorprender y calentaba a los que el frío hubiera podido entorpecer pues, en invierno, durante este santo ejercicio, no había más fuego que el de una lámpara vacilante… Cuando hacía la oración, tenía un tono tan respetuoso, tan enérgico, una pronunciación tan acentuada, que uno se sentía penetrado del todo. Iba más bien de prisa que lentamente, y sólo hacía las pausas necesarias para dar a entender claramente el sentido del pensamiento expresado… En una palabra, no leía la oración sino que la decía con fuego e inteligencia…”

 

REFLEXIÓN

Hay muchas formas de vivir la vocación y una de ellas es la de Hermano Marista. Marcelino comenzó su sueño y muchos jóvenes fueron respondiendo a la llamada de Dios y a la invitación que Marcelino les hacía para hacerse hermanos. También hoy, Dios nos sigue llamando y podemos dar esa respuesta.  ¿Qué sientes ante esto?

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