
¡Qué noche tan dichosa,
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!
(Pregón Pascual)
A toda la familia marista de la Provincia Mediterránea
Descalzos y de puntillas, como pidiendo permiso. Solo así podemos acercarnos a muchas realidades de la vida. Esta es la manera de abordar una semana santa que rememora todo lo que aconteció en aquella última Pascua que Jesús celebró con sus amigos. Ante el misterio del sufrimiento humano y el silencio de Dios, ante la muerte del inocente, ante el dolor y la brutalidad de cualquier guerra, ante la luz tenue pero segura de lo sagrado en la vida humana, ante la entrega sublime y generosa de la propia vida, solo cabe una actitud de profundo respeto, humildad, asombro y reverencia.
Como a Moisés ante la zarza ardiente, una voz nítida y tierna nos invita al silencio y a la contemplación ante el misterio: “No te acerques más; quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada” (Éx. 3,5). Es como decir: antes de entrar en el misterio despójate de tus prejuicios, de tus proyecciones personales y de la tentación de imponer tu verdad; aprende a escuchar antes de hablar, a acompañar antes de corregir y a abrir el corazón a lo que te supera y te trasciende.
Descalzas y de puntillas debieron de caminar aquellas mujeres que, al alborear el primer día de la semana, fueron a ver el sepulcro. Era la mañana de Pascua. Había finalizado ya el sábado o “Shabat” que imponía el descanso y el cese de toda actividad que no fuera estrictamente imprescindible. Apenas habían dormido porque se sentían cansadas y tristes, desbordadas por los acontecimientos, incapaces de comprender cómo el Maestro pudo acabar en una cruz. Y, aun así, antes de que el sol comenzara a salir, recobraron la energía necesaria para ponerse en camino y llevaron con ellas un poco de mirra, áloe y otras especias aromáticas para embalsamar a Jesús.
Y el Sol comenzó a salir. Y la tumba estaba vacía. Y una voz les anunció la resurrección del crucificado. Y María Magdalena y las otras mujeres vieron a Jesús el Nazareno. Y después se apareció a Pedro y a los otros apóstoles. Y se acercó a dos discípulos en el camino de Emaús y a siete junto al lago de Tiberíades. Y nada volvería a ser igual desde entonces. Y no porque la tumba estuviera vacía, sino porque “habían visto” al Señor.
La experiencia del resucitado fue tan cierta y profunda que barrió para siempre los miedos del Cenáculo donde los amigos de Jesús se escondieron, con las puertas cerradas, paralizados por la angustia y el temor a ser perseguidos. Ya nada volvería a ser como antes para ninguno de ellos. De ahí salieron dispuestos a jugarse la vida para anunciar el Evangelio.
Exulten por fin los coros de los ángeles
4 de abril de 2026. Comienza la Vigilia Pascual en la noche de este Sábado Santo. Como todos los años, en la penumbra de una iglesia iluminada tan solo por un cirio, espero con emoción el momento en el que se canta el Pregón Pascual, conocido tradicionalmente como Exsultet por ser la primera palabra del texto en latín. Es una de las piezas litúrgicas más solemnes, poéticas y musicales de la tradición cristiana. De belleza incomparable. Una auténtica obra maestra utilizada ya desde finales del siglo IV, que ha ido evolucionando con el paso de los años.
Se dice, aunque no creo que la historia lo pueda confirmar, que Amadeus Mozart afirmó que preferiría ser el autor de la primera línea del Exsultet antes que de cualquiera de sus composiciones. Y es que, esto sí lo podemos confirmar, el Exsultet es una pieza litúrgica de una belleza y espiritualidad difícilmente superables. Contenido teológico y música gregoriana guardan una armonía extraordinaria, como si crecieran a la par y expresaran a la vez los mismos sentimientos. Es un derroche poético de imágenes y metáforas que nos envuelven en un ambiente de alegría incontenible: cielos y tierra preparados para celebrar la fiesta cósmica de la resurrección de Jesús, trompetas que anuncian la mayor noticia de la historia, luz radiante que acaba con las tinieblas del mundo, noches de salvación a lo largo de la historia sagrada, antiguas culpas canceladas por la misericordia, fiestas de la Pascua y columnas de fuego que limpian las tinieblas del pecado.
Pero, ante todo, el pregón pascual es la proclamación solemne de nuestra fe: ¡Jesús ha resucitado! Y nuestra vida no puede ser la misma a partir de ahora. Su victoria abre las puertas a la esperanza y a la plenitud de sentido para el ser humano.
¡Qué noche tan dichosa!
En la literatura universal, la oscuridad y la noche han sido siempre las metáforas más recurridas para evocar la dureza de la vida y la finitud y vulnerabilidad del ser humano. En el pregón pascual, sin embargo, se convierten en gracia y bendición. ¡Dichosas las sombras, bendita la noche y las tinieblas, feliz la culpa que mereció tal Redentor! La resurrección de Jesús rompe las cadenas de la muerte y alumbra así lo más oscuro y tenebroso del mundo.
La historia del pueblo de Israel, exactamente como la nuestra, está llena de noches dichosas en las que se diría que llegamos a tocar la estrella de la felicidad con la yema de los dedos. Como aquella noche en que -dice el pregón pascual- “sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar el mar Rojo por camino seco. Esta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado.” Pero la noche por antonomasia, la noche a la que Exsultet dedica sus versos más profundos e inspiradores, es la noche de Pascua en la que Jesús venció a la muerte. “Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.
La resurrección de Jesús supone la validación de todo su mensaje y su estilo de vida. Por eso los cristianos, seguidores de Jesús, nos sentimos llamados a vivir desde la esperanza, a ser luz que ilumina la noche de los hombres, a trabajar por la paz y a construir un mundo nuevo desde la fraternidad. ¡Todo un proyecto de vida inspirado por la Pascua!
El Dios que entró en el tiempo
La resurrección de Jesús es mucho más que un final feliz después de una triste e injusta tragedia. Tampoco se parece nada a las historias cinematográficas de superhéroes que acaban desplegando sus poderes especiales para salir de todos los enredos, ni es un relato mitológico ubicado antes de todos los tiempos en la montaña de El Olimpo.
Nuestra fe en la resurrección es algo mucho más radical y absoluto que todo eso. Es la confirmación de que no estamos solos, porque Dios mismo entró en el tiempo y en la historia de los hombres. Por eso el Exsultet, en el colmo de su radicalidad, exclama: ¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino!
Un año más, hemos entrado descalzos y de puntillas en los acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, como pidiendo permiso. Y una vez más salimos celebrando la resurrección, revestidos de luz, inundados de tanta claridad que nuestras vidas acaban convirtiéndose en ofrenda agradable al Señor, en cirio pascual que arde sin apagarse para destruir la oscuridad de la noche.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua de Resurrección!
H. Aureliano García Manzanal
En Alicante, a 4 de abril del 2026
